Navegando por Internet (porque no tengo problema en reconocer que sí, utilizo la red para documentarme y apoyarme en mis columnas) descubrí una noticia impactante que involucra de manera directa a todos los telespectadores españoles, que ávidos de entretenimiento encienden sus televisores con la esperanza de encontrar algo medianamente bueno en alguno de los múltiples canales existentes en la actualidad.
Este momento se ha convertido en todo un ritual: Uno se recuesta en el sillón, da unos minutos al objeto inanimado para que se adapte a su forma corporal, y una vez así, te dispones a gozar de tu momento de gloria. Justo en ese instante te percatas de que el mando está más lejos de lo previsto en un primer momento, lo que te obliga, tras un “remoloneo” obligado, a levantarte del sillón para ir en su busca. Atrapas el control remoto con ambas manos por miedo a que huya, y a zancadas avanzas deseoso hacia tu trono, que te espera casi flotando en el aire. El segundo “apoltronamiento” resulta considerablemente más violento que el primero, pues la ira todavía está a flor de piel. En ese momento, uno no está para bromas. Una vez sentado en el sofá, y ya habiendo puesto a Dios por testigo de que jamás volverás a levantarte, pulsas el sufrido botón de encendido (que es el que peor lo pasa, ese y los de cambiar los canales, cuantos apretones malsanos por la falta de pilas en el mando… ¡Qué por apretar más, no funciona mejor hombre!) y observas como la imagen va tomando forma mientras aprietas los reposabrazos en un estrangulamiento criminal, todo causado por los nervios del momento…
Díganme ahora si no les duele en lo más hondo si, después de todo este proceso, al encender la “caja tonta” su anhelo solo se ve recompensado por cualquier tipo de propaganda o anuncio que deja mucho que desear con respecto a lo esperado. De coches, de bancos, de perfumes, de ropa, de operadoras telefónicas… Cualquiera de ellos me vale para representar la más absoluta monotonía en su exponente más elevado. Ahora que les he puesto en escena sobre lo que representa toda esta situación, toca dar la noticia antes nombrada.
El tema está en que el gobierno presentó en el Senado el pasado martes 22 de diciembre el proyecto de Ley de Comunicación Audiovisual española. En dicho proyecto se recoge la ampliación de 12 a 29 minutos de emisión de publicidad por hora. Es decir, que de fructificar tan brillante idea, la mitad de una hora de televisión pasaría a convertirse publicidad, publicidad y más publicidad. Si ya se nos hacen largos los 12 minutos (yo juraría que son más), imagínense lo que significaría media hora de propaganda a cada momento, una catástrofe.
La FMA (Federación Mundial de Anunciantes) gracias a Dios, se ha pronunciado en este tema, y lo ha hecho expresando su total discrepancia con dicha ampliación publicitaria. Su director, Stephan Loerke, dijo y no en vano que “España es, con mucho, el país de Europa con mayor cantidad de publicidad en televisión”. Además, consideró esta ley un “abuso” al consumidor español. Parece que al señor Loerke también le gusta la tele, y ya habrá pasado más de una vez por la situación narrada al principio de mi columna. Por eso entiende al telespectador español y su impotencia ante el bombardeo publicitario al que es sometido.
Pero es que esto no es todo. Según datos que el mismo Loerke ofreció, la legislación europea no permite la emisión de más de 12 minutos de anuncios por hora (ojo, y sin contar las telepromociones), cifras que España, en su línea, duplica. Por buscar el máximo beneficio o simplemente por llamar la atención, la cierto es que el gobierno va a recibir en breves una llamada de atención por parte de la Comisaría Europea de la Sociedad. Que vamos a acabar como traficantes de droga a juicio:
“Por la presente condeno al acusado: el gobierno español, a pasar 2 días con sus respectivas noches en el calabozo de la Comisaría, acusado de la venta masiva de publicidad ilegal” Sería un buen chiste.
¿Y saben qué es lo peor? Que en países como Francia, Reino Unido, Alemania y Bélgica el límite publicitario es el estipulado en la legislación europea, es decir, 12 minutitos que se quedan cortos al lado de la media hora de Zapatero. Así que, estando así las cosas, yo ya he decidido que si finalmente se aprueba esta controvertida ley, me voy a ir con mi sofá orejero a Francia, que lo tengo más cerca que ninguno. Me iría a Inglaterra, pero es que con el agua y tal el sillón igual se estropea. Porque los 12 minutos serán mejor que los 29 de aquí, pero a mi sofá no le supera ninguno.
Y ya para despedirme solo me queda desearles unas felices fiestas y un próspero año nuevo. Así que ya saben, disfruten de las fiestas rodeados de los suyos y no vean mucho la tele, si total, solo van a poner anuncios…
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