sábado, 17 de octubre de 2009

mirando al horizonte

"Caía la noche sobre la tierra dorada. Partido en dos, el Sol se desangró en la llanura, bañando ésta con la radiante aura de luz que todas las tardes acostumbraba. Una yegua salvaje cabalgaba con brío. Parecía nerviosa, como si persiguiera los últimos rayos del ocaso, como si se negara a sumergirse en la agobiante oscuridad de la noche. En el lago, un grupo de niños correteaba en la orilla. El viento traía sus risas, y la esencia infantil que tan prematuramente perdía el ser humano rezumaba en el ambiente. En el bosque, todo seguía en calma. Los fresnos formaban un gran tumulto de vida, pues cientos y cientos de ellos se apostaban concentrados en una escasa parcela. Algunos erguidos, otros quebrado su tronco, todos ellos componían la gran familia verde de la zona. Y en el centro de este bosque, como separado del resto, un sauce llorón dejaba que la brisa meciera sus hojas en tempo melancólico. Y en el punto culminante del paisaje, como la guinda de un espectacular pastel, se encontraba la roca de la vida. Llamada así por su curiosa forma, que se asemejaba a un corazón, había quien le atribuía poderes mágicos y curativos. Cuando todo el mundo dormía, todo aquel que pegara la oreja al suelo podría oír el latido de la roca, pausado y elegante, parsimonioso y a la vez conmovedor.
Un albor penetrante, tal vez el último del día, acarició las amapolas del jardín para acabar deslumbrando mis ojos. Entornando la vista, me resistí a dejar de mirar el horizonte. Pocos espectáculos eran tan bellos en el mundo como el propio crepúsculo. Impulsando mi mecedora una vez más, dejé que el viento me llevara, y el paisaje me hablara por si mismo. Me sentía bien, y estaba en casa."

Nuevos proyectos, nuevas ilusiones, poco a poco la vida empieza a sonreirme de nuevo
:)

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